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Entrevista a Miguel Savage, ex combatiente de la guerra de Malvinas

  • 19 jun 2016
  • 6 Min. de lectura

En 1982 la Argentina era obligada a enfrentar a Inglaterra en la guerra de Malvinas. Para ese entonces, Miguel Savage era un jóven de 19 años que cumplía con el Servicio Militar Obligatorio, y hoy es un sobreviviente del combate que dejó más de 600 muertos.


Muchos excombatientes se encuentran estancados en esta vivencia, pero usted no. ¿Cómo lo hizo? ¿Qué piensa de eso? Creo que hay tres formas de enfrentar situaciones de gran sufrimiento: tapar todo como lo hice durante 20 años, victimizarse o transformar la vida. En 2001 después de un sueño, comiénzo con un alucinante camino sanador, que fue poner en palabras mi horror.


¿Qué soñó? Soñé que estaba en un pozo, que las bombas caían y dentro de la pesadilla suena mi celular, y era el gerente del banco que me decía “Miguel, te cierro la cuenta: tenes demasiados cheques rebotados”. Me desperté gritando. Al final me di cuenta que las riendas las tenía yo, el control lo tenía que tener yo, al igual que en el pozo.


¿Cuál fue su primer pensamiento al conocer que iría a combatir a las Islas Malvinas? Me llevaron sin información, no se sabía dónde íbamos. Cuando llegué era surrealista todo, los primeros días eran como una aventura y no sabíamos que íbamos a ir a un combate. Pensamos como adolescentes y civiles, que era una maniobra militar que iba a durar 15 o 20 días y después de vuelta a casa.


¿Al llegar a las Islas que se le pasó por la cabeza? En mayúscula, lo primero que pensé fue: ¿Qué hago acá? Acá tiene que estar un soldado profesional. ¿Y ahora qué hago? Tenía un arma que no funcionaba, yo no era un soldado por vocación y todo el patriotismo que nos insuflaron desde las fuerzas armadas para justificar esta aventura, yo no me la creí, de entrada estaba rebelde. ¿Recibieron charlas? Si, nos lavaron la cabeza. Nos decían que la sangre nuestra iba a regar la turba marinera, que nos preparamos para morir, Dios y la patria. Yo ya veía toda la improvisación que tenían.


¿De los días que estuvo allá, que sensaciones sintió además del miedo? Desamparo. Fui cambiando los estados de ánimo, pero casi siempre fue desamparo. El Estado Argentino que nos había depositado ahí, nos dijo que nos arreglaramos como pudieramos, no teníamos ningún tipo de apoyo y nuestro oficial de más alto rango era nuestro teniente primero que tenía 26 años.


Usted es el protagonista de la historia del pullover azul, ¿Cómo fue que llegó hasta el? Si. Esto ocurre al final de la guerra, ya estábamos en las últimas en cuanto a desnutrición, ahí tirados en los pozos esperando el ataque del Tercer Batallón de Paracaidistas que nos patrullaban en el Monte Longdon. En ese marco recibí la orden de ir junto a un sargento y cuatro colimbas a una estancia a unas tres horas de caminata de nuestra posición.


Para eso tuvimos que cruzar a pie el Río Murray. Sin saberlo caminábamos sobre líneas británicas y además en un campo propio minado. Años después me enteré que los soldados ingleses nos vieron, pero que no dispararon para no afectar el factor sorpresa de su ataque. Llegamos a una casita con el fin de desactivar un equipo de radio, a mí me llevaron como intérprete porque manejaba el inglés. Rodeamos la casa y el primero que entré, fui yo. Tuve que hacerlo a los gritos, pidiéndole a quienes estuvieran allí que salieran pero por suerte no había nadie. La casa era muy linda, una estancia patagónica de madera y chapa. Estaba el Río Murray que se veía serpentear, las sierras. Entré a la habitación matrimonial y me llevé puesto ese sweater.


En mi primer viaje fue en 2000 que viajé con toda mi familia, hice el contacto con una de las hijas del dueño de la prenda, y en 2006 me animé a devolver el pullover junto con una nota de agradecimiento que le entregué a Lisa. Fue un momento muy emotivo, lloramos los dos, fue increíble.



Me imagino que no debió ser fácil volver allá… Al contrario, era una necesidad espiritual volver. Necesitaba enfrentar para sanar.


¿Después mantuvo el lazo con la familia? No, en realidad no. Lo devolví, le dejé la carta y estuve tomando el té, pero nada más. Ella cuando la visitan algunos periodistas, les enseña el pullover con orgullo y con alegría.



¿Qué te hizo sentir el pullover? Sentí como estar de vuelta en casa, como si mi vieja me hubiese puesto un abrigo.


¿Se llevó puesto el pullover? Me saqué el uniforme empapado de haber cruzado el río como quien se saca un lastre. Me puse el pulóver, unas medias de lana y una bufanda. Ahí sentí que me volvió el alma al cuerpo. Cuando me estaba yendo, miré por las ventanas que tenían una vista alucinante de las sierras y el río, como ajenos a la guerra. En eso vi unas fotos de unos chicos en la pared, hijos del matrimonio dueño de la casa, y pensé que tendrían casi mi edad en ese entonces. Ahí estaba yo, viendo esa foto con mi pulóver azul y me dije a mí mismo que iba a volver algún día para hablar con ellos.


¿Donde estaba la familia dueña de la casa? Los paracaidistas les habían avisado que el ataque allí era inminente y por eso se habían autoevaluado.


¿Cómo se te ocurrió volver a buscar a esa gente y decirles que les habían robado un pulóver? A los 19 años cuando estaba ahí, yo ya proyectaba que iba a volver. Lo terminé haciendo en el marco de un documental italiano que filmamos en 2006 que se llama “La mano de Dios”. Y cuando accedí por primera vez a Sharon, una de las hijas del matrimonio, me recibió tensa, pero cuando le expliqué el contexto entendió.


El pulóver era de su papá quien había fallecido a causa del estrés luego de la guerra. Lloramos juntos y cuando me estaba yendo, John, un isleño, me dijo: “Sentite orgulloso, Miguel, estás construyendo puentes”.


Yo soy un fiel convencido de que hay que construir menos paredes y más puentes en todos los niveles. Creo que no hay que aflojarle al reclamo justo y soberano vía Naciones Unidas pero al mismo tiempo, las personas comunes podemos ir tendiendo puentes. Los isleños no son nuestros enemigos, ellos nos conocen. Si recuperamos la soberanía algún día, será con los isleños y respetando su cultura.


¿Con qué se encontró cuando empezó a apagarse esa euforia de haber vuelto de la guerra? Cuando volví hicieron una fiesta en casa. Me preguntaban cosas sin importancia y yo quería contar que había aprendido a escuchar, la importancia del contacto humano y la valoración de lo simple, pero me decían “Bueno, tienes una vida, ahora mira para adelante”. Me querían proteger, pero yo quería contar. ¿Viste alguna vez la película “El náufrago”, cuando vuelve de la isla y le hacen una fiesta? Bueno, exactamente igual, venía como Tom Hanks, en otra frecuencia.

Me fui a la cocina y prendí la hornalla. Estaba totalmente lúcido y con una fortaleza increíble, y me dije a mi mismo: “Vas a tener que ser fuerte porque ellos no pueden entender la profundidad de lo que viviste”.


Me había dicho que hablaba muy inglés y que por eso, lo utilizaron de interprete. ¿No? Sí, hablaba inglés de muy chico. Por eso, me enviaron de intérprete. La misión era hablar con los isleños y persuadirlos para revisar la casa y si se resistían, combatir. Fui el primero en entrar, a los gritos, que si había alguien que por favor saliera. Cuando vi que no había nadie me relajé y empecé a sentir una conexión con el lugar, a sentir olores que parecían familiares.

A la vez estaba desesperado por sacarme la ropa mojada. Me llamó la atención un pulóver inglés que encontré en una cómoda. Me lo puse y sentí el olor a limpio, a perfume, a casa. Me levantó la dignidad humana. Me saqué la ropa y me puse ese pulóver, me sentí más fuerte. Me alimenté con desesperación, como un perro. Empecé a sentir una presencia, como que había alguien dentro de esa casa que me estaba diciendo “Ya falta poco, Miguel; vas a volver, vas a vivir”. Esto fue el 5 o 6 de junio y el 14 fue la rendición.


¿Se cuenta la historia diferente a medida que pasa el tiempo? La historia es básicamente la misma, pero le voy encontrando cada vez más mensajes de superación personal, pero lo principal es lo que me pasó al regreso: yo entré en un estado de euforia. Esos primeros días mi cuerpo estaba desnutrido (había perdido 20 kilos) y me encontraba en un estado de alegría por estar vivo. Tanto así que me ponía el despertador temprano aunque no tuviera nada que hacer, sólo “para vivir”. Todo me emocionaba. Las cosas simples: la música, las visitas, el olor a pasto recién cortado.


¿Se sintió con suerte? Si, siempre digo que tuve un Dios aparte, pero también trabajé para safar. Con mi compañero Roberto, de Córdoba, éramos rebeldes, porque sino lo eras ahí la situación te llevaba puesto.

De hecho, cuando comienzo mis charlas, de hecho, siempre digo que yo tendría que estar muerto, es un milagro estar acá.


Durante dos meses y medio, la Argentina se enfrentó a los ingleses en una guerra por las Islas Malvinas. Miguel Savage de 19 años, sin saber siquiera manejar un arma, de la noche a la mañana se vio en un pozo, lejos de casa, en una guerra.


“Ellos eran soldados de vocación, con mínimo cinco años de preparación. Nosotros éramos civiles recién salidos del colegio secundario, sin vocación. Sin entrenamiento“ . - Sentencia Miguel.


foto: Telegraph

 
 
 

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